domingo, noviembre 12, 2006

Fin de semana en Praga

Dos días y medio después todo había concluido. Él volvía a su casa en un bus que parecía avanzar en cámara lenta y lo único que le quedaba de ese viaje era un papelito arrugado con unos números garabateados.

Pero ya no podía sacarse de la mente a Praga.

Praga, Praga, Praga venía a él en todas sus formas. Todas las imágenes acumuladas en apenas un fin de semana se sucedían sin parar en su mente.

Desde el adiós un airecito desolado lo rodeaba, como si supiera que nunca más volvería a estar allí. Praga despertaba a su vida normal de lunes mirando alejarse el bus como si fuera nada y él se llenaba de melancolía por irse.

Hasta el final Praga le había conquistado con sus misterios, caminando por perfectas callecitas tratando de adivinar sentimientos innombrables, cruzando sus puentes de sonrisas enigmáticas y sus plazas de secretos develados en las pocas palabras que entendía de su idioma. En cada detalle Praga le miraba con unos ojos profundamente perturbadores que él quería entender como una invitación a estar en ella para siempre.

Pero justo cuando estaba a punto de gritar que se quedaba, un sutil desdén desde su Castillo, cualquier gesto distraído desde su Catedral le volvían a poner sobre la tierra, y le convencían de lo imposible de dejar su mundo por ese pedazo de extraño paraíso.

Comer o dormir en esos días fueron casi prescindibles. Apenas unas horas de sueño, apenas un par de bocados, lo suficiente para seguir recorriendo su niebla sin distraerse, seguir oyendo en silencio los ligeros murmullos de su roja cabellera de otoño y de su gris de Europa central, seguir sintiendo sus fríos amaneceres y vibrando con sus festivas noches de música y bailes.

Nada había sido planeado, sólo se dejó llevar. Un viaje de una dimensión a otra. Y fue mucho más rápido de lo que pensó. En un abrir y cerrar de ojos él ya estaba ahí, en ella… Praga entraba a él por sus cinco sentidos, como si empezara a adueñarse de todo lo que tocaba y llegaba a ser tan gigante que él, como un insecto, se perdía en su inmensidad y se proponía descubrirla.

El viaje había comenzado el viernes por la noche en un café de la Place des Terreaux. Como nunca él había entrado para refugiarse del frío después de una película horrible y estaba a punto de volver a su departamento, cuando una blanquísima mano de mujer movió súbitamente una silla y sin más, sentándose en su mesa, con un acento enigmático pareció decir “Bonsoir, je m´appelle Praga…”

sábado, noviembre 04, 2006

Todas las ventanas de mi vida

La primera es un recuerdo falso. Sólo la foto de un niño de meses apoyado en ella, disfrazado de militar y que unas manos desconocidas sostienen. La ventana con esos vidrios que desfiguran lo que ves, marcos delgados de metal y masilla amarilla que se deforma cuando se aprieta. La sombra en el piso, con peinado de los 70, es de mi hermano.

La segunda es una ventana bajita, pero desprovista de peligros, ideal para pequeños niños vestidos con guardapolvos celestes y rosados, sentados en mesitas cuadradas, perfecta para comprobar constantemente que mamá sigue allá afuera.

La tercera es muy parecida a la primera, pero en una casita en un jardín, donde se ve un niño que llega corriendo para apoyarse con las manos abiertas en sus vidrios, unos vidrios que no lo aprecian y que le muerden dejándole una sonrisa en la palma derecha, y una palma derecha que aun hoy sigue sonriendo.

En seguida una ventana de marcos de aluminio que silban espantosamente con el viento, desde donde un incipiente adolescente espía a las niñas que salen del Colegio Franco y donde una perrita pekinés enloquece ladrando y se para de dos patas para ver a un galgo afgano que pasea el vecino todos los días.

Después, unas vidrieras de marcos gruesos de madera que se abren hacia fuera y que el viento golpea y amenaza con romper. Vidrieras que espían todo un pabellón de viejitos desde un asilo, al frente de mi casa.

Un tragaluz color lila y redondo, conocido apenas poco tiempo, que guarda el calor del sol hasta la noche, sin importar la hora de llegada.

Un casi mirador blanco y helado, lleno de libros y recuerdos, que no sólo aman las palomas.

La ventana de una universidad que un ingenuo pensó servía únicamente para mirar y que casi todos los demás utilizaron en los exámenes.

Los ventanales rayban del Handal y de la Torre Ketal, tan limpios por fuera como ajenos.

La ventanilla de un avión haciendo señas a unas manchitas de colores que se mueven a lo lejos.

Y una ventana estrecha sobre el Sena, con árboles que dibujan perfectas las estaciones, con cuervos, pescadores y nudistas.

Luego, como contrapuesta, con mosquitero, una ventana y puerta de emergencia, en medio de un barrio “chic” de una ciudad al borde de la Amazonía, que da a una especie de granja, con todo tipo de ave que ignora los ciclos del sueño humano.

Casi al final, estas ventanas de vidrio doble y doble seguro, con vista a una plaza, un parquecito y una bandera de la Union Europea. Unas ventanas que juraban ser eternas o por lo menos duraderas.

Después, una abertura en la noche, sin marco y sin cristal, esperando paciente en silencio.

martes, octubre 31, 2006

El pliegue

Por decirlo de algun modo éramos de dos generaciones distintas, pero tampoco es exacto, era superior a eso.

No se trataba de cuestión de años sin embargo, porque casi teníamos la misma edad. Era simplemente que yo pertenecía a otra época, un tiempo en el que no podía caber ella, casi como yo mismo me sentía inadecuado entonces.

Eso. Alguien parecía haberme puesto en el estante equivocado, en el de esa época. Pero luego me daba cuenta que no, que yo sí estaba en mi tiempo y ella en el suyo, sólo que no era el mismo.

Cada vez tenía mayor conciencia de mi impertinencia temporal con ella y por eso sentía que no podíamos comprendernos, que no importaba cuánto insistiésemos, que no importaba cuán cerca estuviésemos, ni cuántos nietos comunes llegásemos a tener, nos separaba algo mayor a un abismo, más bien una curva del tiempo, el encuentro de la entrada a un agujero negro y la salida de uno blanco, como diría un físico. Un pliegue del universo donde yo podía verla y ella a mí, donde nos podíamos tocar pero estando en tiempos radicalmente separados.

Son esas cosas que no se pueden explicar simplemente. No, mejor, no se pueden entender simplemente. Menos si uno esta al medio, menos en apenas unas líneas.

Y por eso yo no podía decirle nada, porque pensaría que era una excusa, y que yo sólo queria huir. Huir, como si pudiera abstraerme todavía más. Lo cual a su vez confirmaba mis pensamientos.

Así que pese a todo, pese a saber que nos separaba una barrera infranqueable que no era espacio, sino el mismo tiempo, que obviamente puede ser mucho más grave, decidí callar y quedarme.

miércoles, octubre 25, 2006

Estábamos


Todos estábamos muertos y ninguno terminaba de darse cuenta.

Bailábamos los viernes, dormíamos los sábados y de lunes a jueves jugábamos a creernos nuestra seriedad.

¿Los domingos ? a veces algunos intuíamos lo muertos que estábamos y nos poníamos pensativos, melancólicos. Otros simplemente se saltaban los domingos prolongando su sábado o anticipando su lunes.

Muchas veces nos encontrábamos tan pero tan absortos de lo real que creíamos con certeza en nuestra vitalidad : dabamos profundos discursos, hacíamos planes, deciamos amarnos.

Inclusive en ocasiones, cuando algo evidente por ineludible nos hacía abrir los ojos, presentíamos la verdad sin entenderla y decíamos que queríamos morir.

Pero no podíamos.

viernes, octubre 13, 2006

Amor de hombre

Pedro y Benito. Nada, nadie más. Un guiño de eternidad mientras los dos varones se miran fijamente a los ojos.

Pedro contiene la respiración ante tanta belleza, Benito frunce apenas su ceño y abre imperceptiblemente los labios mientras se pierde en la mirada del otro.

Toda la dureza acumulada por años en Pedro se evapora mientras torpemente trata de abrazar a Benito. Es normal, todo es nuevo para él, es su primera vez.

Benito, casi desnudo, parece tener menos conciencia de todo. Sólo se deja hacer, por inexperiencia sin duda; aunque hay algo indescriptiblemente atractivo en este juego que empieza a descubrir. Es su instinto, también es normal.

Pedro se da cuenta que nunca había sentido nada igual. Por ninguna mujer, por nadie. Piensa instantáneamente que es el amor más puro, sencillo y genuino el que acaba de nacer.

Y tanto amor hace las cosas transparentes. Pedro empieza a ver, y ve la puerta que abre a Benito. Quisiera ahorrarle todo el dolor que viene después, todas las incomprensiones, todas las soledades, todas las despedidas, todas las muertes, todo el buscar sin saber qué.

Pero también se da cuenta que no puede. Ya no hay retorno, la puerta está abierta. Y ahí la terrible paradoja: es el amor que regala el dolor. Pedro la ve y no logra eludir las lágrimas. Benito no entiende, ni lo nota en realidad, nadie lo hace.

Es que la eternidad sólo te da guiños, a veces, y duran segundos, nada más. Lo pedestre debe seguir y sigue: la medición, el pesaje, la limpieza, la ropa, y la leche que espera de vuelta con mamá. Adiós sala de partos, nos vemos en la habitación 123.

Bienvenido Benito. Felicidades Pedro, ¿qué se siente ser papá?

miércoles, octubre 04, 2006

Diógenes

Nos dijo que se llamaba Diógenes, Diógenes Vargas. Pero casi estoy seguro que era para burlarse de nosotros.

Estábamos en medio Pont des Arts, era verano y muy tarde en la noche. Charlábamos de todo un poco: París, Europa, Bolivia, política, el mundo. Y él se acercó.

Primero nos pusimos algo tensos. Nunca se acaban de ver locos en Francia en estos días. Venía mal vestido y con algo parecido a una guitarra en la espalda. Casi todo un clochard o como se dice ahora, un SDF, "sans domicile fixe".

Nos habló en español. Se presentó muy educado y nos tranquilizó un poco. Dijo que había oído su idioma y que por eso se acercó. Pensábamos que nos iba a pedir un cigarrillo, como medio París lo hace, pero no; más bien como no fumo fue ella quien le ofreció uno y aceptó.

La charla se fue extendiendo y él se sentó en uno de los banquitos del puente. Fumaba y la luz artificial le hacía unas sombras raras en el rostro. Tendría unos cuarenta, con acento chileno, creo. Era flaco y un poco moreno. Con el cabello lacio, largo y en cola.

Hablaba bien. Nos señaló uno de esos huecos al borde del río y dijo que estaba viviendo allí, por ahora. Que hacía ya diez años que había dejado su trabajo, que había sido Gerente de una multinacional y que un día quiso ser libre. Había decidido recorrer el mundo. Había estado en el África, en Asia y hace varios años en Europa. Le gustaba Europa. Vivía al día, de sus dibujos y sus canciones.

Disimuladamente le pregunté cosas que sólo podía saber si había estado realmente en varios lugares que yo conocía. Respondió bien. Habló en inglés algunas frases y cuando pasó una horda de turistas italianos charló con ellos y cantó “Volaré” en perfecto italiano.

Acariciaba a su guitarra y tocaba igual muy bien. Sacó “Viva mi Patria Bolivia” al oído y cantó a voz en cuello la letra aprendida a la rápida en pleno Pont des Arts a la una de la mañana, mientras nosotros mirábamos a todas partes. Menos mal que no vinieron los policías.

Luego, como si nada se dio la vuelta y orinó en el Sena, desde el puente, de espaldas a nosotros, sin la menor vergüenza.

Al final, cuando ya nos íbamos, ahora sí, nos pidió otro cigarrillo. Nunca dejó de sonreír. Dijo que se llamaba Diógenes, Diógenes Vargas.

Nos fuimos caminando hacia el Boulevard Saint Michel, pensativos. Me pareció algo tonto seguir hablando de París y del mundo. Empezábamos a sentir frío.

domingo, octubre 01, 2006

Oscuridad

Se fue extendiendo un tono gris por todas partes y el paisaje fue perdiendo su brillo. El día y la noche dieron un par de pasos al frente, acercándose. En eso, giré mi rostro al oeste y lo vi huyendo al cobarde.

Entonces el viento, q sabía, apiadándose me acarició la frente y me quede solo, solo ante la traicionera, que cual serpientes me tendió sus brazos, tomándome de las piernas primero, jalándome hacia sí.

Yo apretando los dientes luchaba, pero sus negras entrañas poco a poco me envolvían y se pegaban a mí como líquido, negro líquido. Luego, sin que pueda evitarlo me mordió los ojos y quede ciego, pero me vengó mi voz lanzando un alarido.

Y se alarmó la traicionera, quedándose callada, en un dulce silencio al que respondí sonriendo, y que pese a todo fue tan breve. Allí me tomó entonces, levantándome en sus brazos, derrotado yo, omnipotente ella.

Oí sus pasos y el viento esta vez golpeó mi cuerpo, burlándose. Sentí miedo y temblé pensando que me llevaba donde su hermana, la parca. Pero eran otros sus planes, otros sus deseos.

Allí entonces me lanzó al piso y morbosamente espero susurrando cerca de mí, tan cerca que yo oía los murmullos de su boca. Sentía yo su mirada desnudante y después su negra y helada presencia primero en mi espalda y luego en cada rincón de mi cuerpo.

Traté de resistir pero fracasé, y terminé llorando de impotencia y de asco. Hasta que en un momento recordé que se iría y que el sol retornaría. Vislumbré el día, mi venganza, y decidí esperar muy quieto, solo, sólo escuchando y ya no, ya no recuerdo más.

Cuando desperté ella ya no estaba, la luz la traían ellos. Conté, describí, expliqué, respondí, pero no creyeron ni entendieron y me mandaron a ti, que sí me crees, porque tú me crees, yo sé q me crees…

sábado, septiembre 30, 2006

¿Dónde estás Lucía?

El techo. Nada más que el techo de mi cuarto al despertar. Y como tantas veces volver a ese sábado.

No querías salir y casi te obligué, qué ironía, porque temía que te quedaras sola en casa. Odiabas acompañarme al mercado.

Como siempre salimos a esperar el minibús y entramos apenas por esa señora enorme en la entrada. Estabas preciosa con tu look “Floricienta”. Ya casi me acostumbraba a la idea de pertenecer a otra generación. Siete años de conocerte tenían que hacer su efecto.

Nunca quise ser un padre-jefe y realmente trataba de charlar contigo. En el minibús no hablaste mucho, pero me sorprendías cada vez con tu madurez en las cosas que decías.

Al bajar en la esquina de la Almirante Grau había muchísima gente, como siempre. Y luego todo fue tan breve.

Ví que te entretenías con algunas fotos en el puesto de los periódicos y quise apurarme con esas galletas. Galletas, eso era por mí, sólo a mi me gustaban. Fue un minuto de dejarte… menos, pero ya no estabas.

Miré por todos lados, pregunté a todos y nadie te vio. Subí, bajé, hablé con los policías. Y la angustia me fue subiendo desde el estómago. Me quedé horas ahí, sin moverme, con la idea que ibas a aparecer cualquier rato. Me imaginaba que de un segundo a otro ibas a salir sonriendo de un escondite, que nos reiríamos mucho y que nos iríamos a la casa.

La denuncia y todo el papeleo fueron inútiles, como siempre. Contar la historia una y cien veces, volver a ese sábado una y mil veces. Los papelitos con tu foto que pegué en todos los postes y tiendas que pude, en los periódicos, en la tele…Todo inútil.

Y otra vez el techo, solo este techo horrible que no se mueve todo el día, con su grieta y su manchita. Este techo que se comió todo en mi vida ¿Dónde estás Lucía? Hijita volvé, ya no me vas a acompañar al mercado. Volvé, ya no quiero estar perdido.

martes, septiembre 26, 2006

El hueco


Dice que ocurrió un día cualquiera, cuando como siempre ella recorría sus montañas, explorando todos los rincones, disfrutando del sol y los insectos. Justo cuando era feliz.

Dice que entonces creyó ver un suave arbusto, simple e intrascendente, como para pisarlo, para saltar en él y olvidarlo al siguiente instante. Sólo que no fue así.

Dice que el terror se apoderó de ella cuando el piso pareció abrirse debajo del arbusto. El pánico del vacío, de la caída, el crispar de los dedos, el estirar los brazos en vano. Y era el principio nada más.

Dice que empezó a caer en el hueco y que sólo después de unos segundos se dio cuenta que el fondo tardaba en llegar. Segundos que se convirtieron en minutos. Minutos que se convirtieron en horas, días, semanas de caída libre. Sin ningún punto de referencia, en la oscuridad total del hueco. Sólo caer y caer, sin fin.

Dice que aun hoy sigue cayendo y que cada vez más a menudo sueña que todo el hueco es mentira, y que ella sigue recorriendo sus montañas, que sigue disfrutando del sol y los insectos. Cada vez más tiempo, dice, pasa creyendo que ya no cae, que es libre y que el hueco no existe.

Pero no es cierto. Ella sólo sigue cayendo.

martes, septiembre 05, 2006

La partida (de Franz Kafka)*

Ordené que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entendió mis órdenes. Así que fuí al establo yo mismo, le puse silla a mi caballo, y lo monté. A la distancia escuché el sonido de una trompeta, y le pregunté al sirviente qué significaba. El no sabía nada, y escuchó nada. En el portal me detuvo y preguntó: “¿A dónde va el patrón?” “No lo sé”, le dije, “simplemente fuera de aquí, simplemente fuera de aquí. Fuera de aquí, nada más, es la única manera en que puedo alcanzar mi meta”. “¿Así que usted conoce su meta?”, preguntó. “Sí”, repliqué, “te lo acabo de decir. Fuera de aquí, esa es mi meta”.


*En fin, ya no pude. Espero que a partir del 25 de septiembre ponga posts propios. En todo caso, el invitado està de lujo. También encontraran algunas cosas nuevas a la derecha.